Érase una vez un lugar donde sólo vivían pintores. Cada uno de ellos tenía su propia casa y pasaba sus días pintando las paredes con las pinturas que recibían de una manera un tanto misteriosa.
Cada mañana cuando los artistas despertaban sus botes aparecían rebosantes de pinturas, que utilizaban para pintar las paredes y fachadas de sus casas. Sin embargo, no todos los artistas recibían los mismos colores ni en las mismas cantidades.
Una vez desayunaban se ponían a pintar. No existía rivalidad entre ellos aunque cada uno, por su naturaleza artística, trataba de tener su casa entre las más representativas de la ciudad.
Se respiraba un ambiente de amistad en todas las calles mientras los pintores hacían lo mejor que sabían con las pinturas que les habían llegado la noche anterior. Nadie trataba de averiguar por qué recibían esas pinturas y no otras ni como llegaban a sus casas. Todo el mundo aceptaba el hecho como parte de su vida.
Sin embargo, en una de las calles que daba a la plaza mayor, vivía un pintor de corta edad al que no le gustaban los colores que recibía. La joven artista se disgustaba por su continua mala suerte y sus pensamientos se tornaban cada día más agrios. No era capaz de levantar el ánimo. Pasaban los días y sus botes sólo contenían colores oscuros.
De esta manera, Edda, así es como se llamaba este triste pintor, tenía que usar estos colores para pintar la fachada de su casa. Por mucho que no quisiera no podía más que comparar sus paredes con la de sus vecinos y existía una diferencia notable. Parecía que su casa no pertenecía a ese lugar sino que había sido colocada allí por un mal designio.
Cuando por las tardes paseaba por las calles de la ciudad veía cómo relucían todas las fachadas ajenas y fingía una sonrisa cada vez que se cruzaba con otro pintor vecino. Todos rebosaban felicidad y la pobre Edda se desesperaba por su mala fortuna.
Así pasaban los días y la joven pintora se iba hundiendo cada vez más pues cada mañana parecía haber mayor cantidad de pinturas oscuras en sus botes. Poco a poco lo que antes había sido una bonita fachada se iba rellenando con esos colores apagados y su casa iba oscureciendo. Parecía que Edda iba de mal en peor. Su desesperación era tan grande que ya apenas salía a pasear por las tardes porque cuando lo hacía regresaba aún más triste.
Pero un día Edda se propuso poner fin a esta situación. Su principal objetivo era cómo podía recobrar el colorido en su casa. Pasó cierto tiempo pensando, recapacitando sobre su situación. Unas semanas después todos sus amigos la echaban de menos.
Y así decidió que no se iba a preocupar más , que ya vendrían colores mejores. Esa tarde salió de nuevo de su casa, miro por un instante la fachada, dio media vuelta y comenzó a caminar mostrando una sonrisa en su rostro, esta vez sin fingir. Así como caminaba por las calles iba saludando a unos y a otros sin dejar de mostrar su felicidad. La tarde se fue desvaneciendo. Esa noche cenó con unos amigos en la pérgola de la plaza. Le preguntaron qué le había pasado que hacía tanto tiempo que no le habían visto. Les contó que había estado enferma pero que ya comenzaba a sentirse mejor.
Poco antes de la media noche volvió a su casa. Al abrir la puerta miró de nuevo su fachada y no pudo dejar de percibir esos colores apagados sobre la pared iluminada por la farola. Entró en casa y cerró la puerta. Antes de meterse en la cama se sentó un rato junto a la chimenea a recordar todo lo que había hecho esa tarde y cómo su nueva disposición le había hecho sentirse mejor.
Puso su despertador como cada noche y durmió tranquilamente.
Al día siguiente fue como cada mañana a por sus pinturas y para su sorpresa encontró que ya no sólo había colores oscuros sino que uno de los botes contenía una pequeña cantidad de color azul. Su alegría fue tan grande que salió rápidamente a la calle y se puso a dar pinceladas con ese bote por toda la fachada.
Por la tarde volvió a salir pero antes se paró por un instante a reflexionar y se dijo, "podría ser que mi cambio de humor hiciera posible que ese azul llegara a mis manos esta mañana". Paseó y paseó, hablando con todo el mundo, mostrándose radiante, hasta que volvió de nuevo a casa. Vio bajo la luz de la farola que su pared comenzaba a no ser tan distinta de las demás.
Así pasaron los días y Edda recibía cada mañana mayor cantidad de colores vivos y poco a poco su fachada y su vida volvieron a iluminarse con los tonos alegres de sus pinturas.
Así es como nuestra pintora recobró todo su carácter, su alegría y felizmente las cosas le empezaron a ir mejor.
La vida es una continua adaptación a las circunstancias que nos llegan, muchas veces fuera de nuestro alcance. Si llueve no hay que lamentarse y quedarse en casa sino coger un paraguas y salir a la calle. Así es como, de alguna manera, podremos sentirnos bien con nosotros mismos. Dale, nunca te quedes en casa lamentando tu mala suerte. Vive la vida y trata de darle forma. Seguro que lo consigues.
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